miércoles, 3 de septiembre de 2008

Rishikesh y Varanasi



..."Oleadas de calor, vastos edificios grises y rojos crecidos entre las palmeras y los banianos como una pesadilla pertinaz; muros leprosos, anchas y hermosas avenidas, grandes árboles desconocidos, callejas malolientes...

torrentes de autos, ir y venir de gente, vacas esqueléticas sin dueño, mendigos, carros chirriantes tirados por bueyes abúlicos, ríos de bicicletas,

otra vez un mendigo, cuatro santones semidesnudos pintarrajeados, manchas rojas de betel [escupidas] en el pavimento,

batallas a claxonazos, más bicicletas, otro santón semidesnudo

Al cruzar una esquina, la aparición de una muchacha como una flor que se entreabre,

rachas de hedores, materias en descomposición, hálitos de perfumes frescos y puros,

jardines publicos agobiados por el calor, monos en las cornizas de los edificios, mierda y jazmines, niños vagabundos,

un eucalipto generoso en la desolación de un basurero, el enorme cartel en un lote baldío con la foto de una estrella de cine; luna llena en la terraza del sultán,

más muros decrépitos y sobre ellos consignas políticas incomprensibles para mí,

en el cielo, violentamente azul, en círculos o en zig zag, los vuelos de gavilanes y buitres, cuervos, cuervos, cuervos..."

Así describe Octavio Paz sus primeras impresiones de la India en 1951. Setenta años después la única diferencia es que hay mucho más de lo mismo.
De a poco e ineludiblemente vamos entrando en esta India clásica, la de las multitudes y contrastes, delirante e inconcebible.

Esta inmersión comienza en Rishikesh, la famosa "capital mundial del Yoga" y tierra de Ashrams y gurúes, a orillas del sagrado Ganges, que empieza aquí su descenso desde los Himalayas.
Un puente colgante muy largo y angosto une las dos orillas. Cuesta hacerse un lugar entre los peregrinos que lo cruzan periódicamente con toda calma, llenándose de todo lo que para ellos es sagrado, tal vez por única vez en la vida. Abajo en los ghats, algunos con sincera devoción hacen sus ofrendas y baños rituales. Otros cuantos se aprovechan y con la clásica imagen de renunciantes se sientan a esperar que los devotos y turistas les financien los vicios.
Hay muchas escuelas de Yoga, 2 ó 3 que valen la pena. Lo mismo pasa con los Ashrams. El de Swami Sivananda es uno de los que destacan. Es un centro sumamamente activo de enseñanzas y prácticas espirituales, con una enorme población de swamis, algunos ancianos, discípulos directos del maestro y muchos jovenes, que ofrecen su energia y disposición al servicio de los demás.

El siguiente destino es Varanasi, una de las ciudades más antiguas del mundo. Un lugar que atrae, asquea y desconcierta con la misma intensidad.
La ciudad antigua es un verdadero laberinto milenario de calles angostísimas y edificios decrépitos y bellos. Cualquiera de las pequeñas puertas artísticamente labradas y desvergonzadamente humilladas por escupos, orinas y bostas, puede llevar a otra dimensión: Tal vez haya un jardin fresco y apacible, una escuela de sánscrito donde un maestro tan decadente como el edificio instruye a 3 ó 4 jovenes residentes en las profundidades de los Vedas; un establo o unas pocas piezas malolientes y oscuras donde se hacinan varias familias, afortunadas de tener una casa. Demasiada información en calles demasiado angostas. Un toro puede ocupar gran parte del ancho de la calle y aun así hay espacio para que una familia entera pase rauda en una misma moto. Templos y más templos, tiendas, mercados y kioscos. Calor y sudor. El cielo es una ranura muy arriba, donde las cornizas de los edificios casi se encuentran.

El Ganges nuevamente es el protagonista. En aguas tan tóxicas que matan, los hindúes se bañan y "purifican" tanto física como espiritualmente. El Monzón, que recién termino su temporada, dejó una costra densa de barro y materia orgánica sobre los ghats. Allí juegan los niños, se creman los muertos y se alimentan los animales. El espacio privado no existe. Los boteros y vendedores nunca se cansan de ofrecer sus servicios y hasta parece que son capaces de leer en nuestra cara de turistas exactamente que necesitamos en ese momento, o el próximo, con una inagotable capacidad de persuación.
El paseo en bote al amanecer es de rigor. Desde el agua la ciudad parece mágica y apacible, dorada en el sol de la mañana. Inspira paz, respeto, esperanza de que todo ese patrimonio y belleza puedan ser rescatados y conservados y la vida, en vez de ser una lucha permanente, pueda ser digna y justa, con oportunidades y horizontes...