viernes, 5 de septiembre de 2008

Ladakh


Otras 14 horas de viaje y adrenalina. Confiando en nuestro conductor y las bendiciones del Dalai Lama, por caminos y pasos transitables solo en verano, de hasta 4.000 mts. de altura, bordeando Pakistán y a través del segundo lugar más frío del planeta. Llegamos al pueblo encantado de Leh, donde las tradiciones del budismo tántrico tibetano han encontrado refugio en el aislamiento y la altitud. Ladakh es fascinante, como entrar en un mundo encantado y mágico, de gente alegre, acogedora, valles fértiles rodeados de altas cordilleras desérticas; el ritmo de vida es apacible, quizás determinado por los 3.500 mts. de altitud. Leh, la capital, actualmente con 30.000 habs. fue un reino durante 3 siglos. El palacio y muchas construcciones de la ciudad antigua tienen mas de 500 años.
Hay un estilo arquitectónico bien definido: Bases y primeros pisos de piedra; de ahí hacia arriba ladrillos de barro y paja encumbrándose hasta los 9 pisos del palacio. Las puertas y ventanas con preciosos tallados en madera. Muchas fachadas son blancas, otras rojo ladrillo y la mayoría simplemente están estucadas con barro. Los pasajes angostos de intrincados recorridos suben y bajan. En cualquier rincón aparece un monasterio con sus banderas de colores y ventanas delineadas de negro. Es fácil toparse con Gompas (monasterios) y Budas de mas de 500 años, algunos de hasta 3 pisos de altura.
La vida de los Ladakhis es muy tradicional, sobre todo en las aldeas. La mayoría vive en pequeñas comunidades de varias familias, en casas muy amplias, donde la cocina acapara todos los recursos para ser el lugar más comodo y equipado tanto para pasar los 7 meses de aislamiento invernal, cuando la temperatura baja a -25 ó 30 grados, como para festejar y recibir a la comunidad más próxima. Se vive y trabaja en colaboración e interrelación con los vecinos, ayudándose unos a otros en las tareas del campo (cada familia tiene un pequeño terreno donde cultivan verduras, frutas y forraje para los animales). Se distribuyen el agua de los deshielos por turnos a traves de canales de riego. Cuidan mucho el ambiente, no ensucian, piensan que todo es útil. Tienen baños ecológicos hace 500 años y sobre todo, parecen muy felices y equilibrados, respetando los ritmos de la naturaleza y los roles dentro de las familias y la comunidad.
Cada año, al final del verano, hay un festival de 2 semanas. Tuvimos la suerte de coincidir con él y así conocer los bailes de máscaras, interpretados por monjes que representan con mucho humor y dramatismo aspectos de la enseñanza budista. La celebración también incluye campeonatos de polo (originalmente indio) y arquería. Para este último viajamos a la aldea de Shey, la antigua capital de verano de Ladakh, con un palacio y gompa todavía imponentes, junto a las ruinas del fuerte que tiene una vista insuperable del valle del Indo.
El campeonato era parte de una fiesta, todos vestidos con trajes y adornos tradicionales. Cada vuelta de lanzamientos se celebraba con musica y bailes ( a los que fui "invitada", improvisando un atuendo tradicional con un pañuelo y un sombrerito que habia que equilibrar con la mayor gracia posible). Despues vino la comida, el té salado con mantequilla de yak y un poquito de cerveza local de cebada (todo como para repetirse).
Los días en Leh pasaron rápido, acompañados por la calidez de nuestra familia anfitriona, con la que nos encariñamos mucho. Nos fuimos con la promesa de mandar fotos y la certeza de volver...




El siguiente destino era Manali (derivado de Manu, una especie de Noe indio). Un recorrido de 18 horas en un minibus donde todos los demás pasajeros eran indios que practicamente no hablaban inglés. Nos habían advertido sobre el camino, la "Highway" que sólo se puede llamar así por lo elevado de sus pasos a través de la cordillera. La pista apenas da para un auto, pero hay que acomodarse entre camiones de carga y militares. El paso más bajo está a 4.000 metros, eso explicaba la cantidad de horas para recorrer menos de 500 kms. Lo que nadie esperaba era que en medio del camino (y del verano) empezara a nevar. De repente todo era blanco. Las ruedas sin clavos patinaban al borde de los precipicios mientras algunos empujaban y otros tiraban de una soga para tratar de avanzar algunos metros. Nadie se tomaba la molestia de explicarnos nada y los indios se reían, aparentemente fascinados con la aventura para nosotros espeluznante, confiados en el conductor. Yo repetia el Om Tryambakam, tomaba fotos no muy segura de que las llegaría a ver y trataba de soltar los dientes y acordarme de respirar. De repente, ya oscuro, todo empezó a fluir, los autos se movieron, dejaron de patinar y avanzamos, hasta pudimos dormir un poco despues de casi 24 horas de tension. Llegamos a Manali. ¿O habremos llegado a Vaikunta?